Cuando la empatía alivia el dolor
- fussionvipmagazine
- 30 dic 2025
- 2 Min. de lectura

Por Ysabel Parra
Recientemente me hice una mamografía. Y no, no fue un examen cualquiera, fue de esos que se enfrentan con el cuerpo en tensión y el pensamiento acelerado; de los que duelen, incomodan y obligan a respirar hondo antes de empezar.
Un estudio necesario, sin duda, pero también uno que despierta miedos silenciosos y recuerda que cuidar la salud, a veces, implica atravesar experiencias que nadie espera con gusto. Cuando los senos son grandes, la vivencia suele ser aún más dura: las máquinas aprietan con una firmeza implacable, sin distinguir tamaños ni sensibilidades, como si el cuerpo fuera solo un objeto que debe ajustarse, cueste lo que cueste.
Y quien haya pasado por ahí lo sabe: no es solo el cuerpo el que se tensa bajo la presión. La mente también se contrae. El miedo aparece incluso antes de entrar al consultorio, se cuela entre los sonidos metálicos, el frío del equipo, el silencio del cuarto y esa espera que siempre parece un poco más larga de lo normal. El dolor físico llega rápido; el emocional, muchas veces, ya estaba sentado desde antes.

Por eso sorprende cuando algo cambia. Esta vez ocurrió algo distinto. La sonografista fue amable, pero no una amabilidad automática ni aprendida de memoria, sino una amabilidad genuina, humana y consciente. Explicó cada paso, avisó antes de cada movimiento, habló con calma, miró a los ojos y acompañó. Trató a la persona, no solo al seno que debía examinar.
Entonces pasó algo casi milagroso: el dolor no desapareció y la presión siguió ahí, firme e inevitable, pero la angustia aflojó, el miedo perdió fuerza y la experiencia dejó de sentirse cruel. La amabilidad actuó como un analgésico invisible: no eliminó el procedimiento, pero le quitó dureza; no borró la incomodidad, pero la volvió soportable.
Eso dice mucho. Vivimos en un sistema de salud que suele priorizar la rapidez, la eficiencia y el número de pacientes atendidos, un sistema que corre más de lo que escucha y donde la técnica se impone mientras el trato queda relegado, como si fuera un lujo y no una necesidad. Pero la salud no es solo precisión diagnóstica: también es vínculo, también es cuidado emocional.
Una máquina puede ser exacta y un resultado certero, pero una persona empática puede marcar la diferencia entre una experiencia traumática y una experiencia humana; entre salir con el cuerpo adolorido y el alma encogida, o salir con la sensación de haber sido vista, respetada y acompañada en un momento de vulnerabilidad.
Quien se somete a un examen médico no llega solo con su cuerpo: llega con miedos, historias y preguntas no dichas. Llega frágil. Y en ese estado, una palabra suave, una explicación clara o una mirada atenta pueden pesar tanto como un diagnóstico correcto. La ciencia salva vidas, sin duda. Pero la empatía las dignifica. Esta vez, confirmé que la empatía no elimina el dolor, pero lo transforma, le da contexto y humanidad. Y en momentos así, eso lo cambia todo. Ojalá no lo olvidemos, y entendamos que el buen trato no es un extra, sino parte del tratamiento. Porque cuando el cuerpo duele y la mente tiembla, la amabilidad también cura.



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