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La procrastinación: mucho más que dejar las cosas para mañana

  • Foto del escritor: fussionvipmagazine
    fussionvipmagazine
  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

Lejos de ser una simple falta de disciplina, la procrastinación es un fenómeno psicológico estrechamente ligado a la regulación emocional. La psicóloga clínica Melissa De los Santos explica cómo el miedo, la ansiedad, el perfeccionismo y otros factores pueden llevar a las personas a posponer tareas importantes, así como su relación con trastornos como el TDAH, la depresión, la ansiedad y el estrés postraumático


Por Ysabel Parra

Posponer una tarea importante hasta el último momento es una conducta que la mayoría de las personas ha experimentado alguna vez. Sin embargo, cuando este hábito se convierte en una práctica constante que afecta el desempeño académico, laboral o personal, la procrastinación deja de ser una simple costumbre para convertirse en un fenómeno psicológico mucho más complejo.

De acuerdo con la psicóloga clínica Melissa De los Santos, la procrastinación no debe entenderse como un problema de pereza o falta de disciplina, como tradicionalmente se ha creído. Por el contrario, las investigaciones más recientes señalan que se trata de una dificultad relacionada con la regulación emocional y la manera en que las personas enfrentan situaciones que les generan malestar.

El término procrastinación proviene del latín procrastinare, palabra compuesta por pro (hacia adelante) y crastinus (del mañana), derivada de cras (mañana). Su significado literal es “dejar para mañana” o “aplazar hasta el día siguiente”, una descripción que, siglos después, sigue reflejando una conducta común en la vida cotidiana.

Según explica De los Santos, desde la psicología contemporánea la procrastinación se interpreta como una forma de evitación emocional. Las personas suelen retrasar tareas porque éstas les provocan ansiedad, miedo al fracaso, frustración, inseguridad, estrés o incluso aburrimiento. Al posponer la actividad, experimentan una sensación inmediata de alivio, lo que refuerza el comportamiento y favorece que vuelva a repetirse en el futuro.

“Muchas veces la persona sabe exactamente lo que debe hacer y cuenta con las capacidades para lograrlo, pero las emociones asociadas a la tarea terminan convirtiéndose en un obstáculo”, señala la especialista.

Diversos factores pueden contribuir al desarrollo de esta conducta. Entre ellos destacan el miedo al fracaso, el perfeccionismo, la baja autoestima, las dificultades para regular las emociones, la impulsividad, la escasa tolerancia a la frustración, la falta de motivación y los problemas en funciones ejecutivas como la planificación y la organización.

Aunque la procrastinación no es considerada un trastorno mental en sí misma, sí puede estar presente en diversas condiciones psicológicas. Uno de los ejemplos más frecuentes es el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), donde las dificultades para mantener la atención, organizar actividades y administrar el tiempo suelen favorecer el aplazamiento de responsabilidades.

También es común observar en personas que padecen trastornos de ansiedad. En estos casos, el temor a equivocarse, fracasar o ser evaluado negativamente puede llevar a evitar tareas que generan preocupación. De igual manera, quienes experimentan depresión pueden posponer obligaciones debido a la disminución de energía, motivación e interés que caracteriza este trastorno.

La procrastinación también puede manifestarse en personas con Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC), particularmente cuando existe un perfeccionismo extremo que dificulta iniciar o concluir tareas por miedo a no realizarlas de manera impecable. Asimismo, puede aparecer en individuos con trastorno de personalidad evitativa o ansiedad social, quienes suelen retrasar actividades que impliquen exposición pública, interacción social o evaluación por parte de otras personas.

Otro contexto en el que puede surgir es el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Según explica la especialista, en estos casos la procrastinación puede convertirse en un mecanismo de protección psicológica. La persona evita actividades, conversaciones o decisiones que podrían activar recuerdos traumáticos o generar emociones intensas asociadas a experiencias dolorosas.

Por ejemplo, una persona que sufrió un accidente de tránsito podría retrasar el momento de volver a conducir; una víctima de violencia podría posponer trámites relacionados con el hecho traumático; o alguien que sufrió quemaduras podría evitar acudir a revisiones médicas. Aunque estas conductas proporcionan un alivio temporal, a largo plazo suelen perpetuar el malestar emocional y dificultar el proceso de recuperación.

Para la profesional de la conducta, comprender la procrastinación requiere mirar más allá de la falta de voluntad. Se trata de un fenómeno en el que intervienen factores emocionales, cognitivos y conductuales que influyen directamente en la capacidad de una persona para afrontar sus responsabilidades.

“Cuando entendemos qué emoción estamos evitando, es mucho más fácil identificar la raíz del problema y desarrollar estrategias efectivas para enfrentarlo”, destaca De los Santos.

Lejos de ser una simple cuestión de organización o disciplina, la procrastinación representa, en muchos casos, una respuesta de evitación frente al malestar emocional. Por ello, expertos coinciden en que abordar las emociones subyacentes constituye uno de los pasos fundamentales para romper el ciclo de aplazamiento y fomentar hábitos más saludables y productivos.


 
 
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